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Bordas laureles, claras contraseñas en la mañana llena de semillas y crecen tus puntadas amarillas como flores redondas y pequeñas.

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Cuando los ojos a la vida miraban, al comenzar mi terrenal carrera, la hermosa luz que ví por vez primera fue la luz de tus ojos, ¡madre mía!.

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Madre, desde la lejanía de tu gloria me llegan con frecuencia bendiciones, e infantiles fragmentos de oraciones que suavizan la piel de la memoria.

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Tiene la frente pálida y tranquila, una santa mirada en su pupila y en los labios la savia del amor; ¿quién es ella, tan noble y abnegada, que nos habla de amor en su mirada.

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¡Oh, templo augusto del amor! Tu nombre es emblema de paz y de consuelo. Eres luz en la tierra y en el cielo, vida y calor y aliento para el hombre.

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