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A ti... que aprendí a amarte desde el mundo sublime de tu vientre. A ti... que me hablabas desde entonces con tus palabras dulces y tus caricias perennes. 
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Tan suave es su caminar y firmes sus pisadas, que no teme a las caídas, mas el deseo de proteger lo querido la lleva a luchar en la vida. 
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Bendita sea la Madre, que pueda ser amada y bendito sea el hijo, que pueda darle un beso. La mía sufre en vano y espera mi regreso... un regreso que quema, como una llamarada.  |
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Hoy quiero saludarte, acariciar tu carita con pétalos de rosas para que sientas su suavidad,
Y es que así te comparo yo, suave, con tu olor
tan especial, que me hace recordar mi niñez.

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Pajina 2 de 47 |