Cuando los ojos a la vida miraban, al comenzar mi terrenal carrera, la hermosa luz que ví por vez primera fue la luz de tus ojos, ¡madre mía!.
Y hoy que, siguiendo mí escarpada vía, espesas sombras hallo por doquiera, la luz de tu mirada placentera ilumina mi senda todavía.
Mírame, ¡oh madre!, en la postrera hora, cuando a las sombras de mí noche oscura avance ya con vacilante paso.
Quiero que el sol que iluminó mí aurora sea el mismo sol que con su lumbre pura desvanezca las brumas de mi ocaso.
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