
Era una sombra,
la vaga referencia
de un retrato en la pared,
la ausencia de su amonestación
entre la infancia.
Miraba lentamente sus arrugas,
sus ojos que seguían adivinando mis ojos
y aquella amable cólera que rizaba su frente.
El silencio lo volvía una cosa viva,
alguien que estaba allí, que seguía padeciendo,
que buscaba en mi sangre, en su sangre,
prolongar un enigma que viajaba en sus venas.
Acá, del otro lado del retrato,
el día eran los almendros,
las hojas en el polvo,
el tedio con el lijo de sus plumas de oro.
Y allá sus duros ojos, su ondulante cabello,
su corbata y sus labios comidos por la muerte.
Padre, decía entonces, soñaba entonces, suplicaba
entonces, padre mío, no te olvides de mí, no me abandones.
No olvides que te miro y espero
No te olvides de ti olvidando a tu hijo.