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Montaba a la mañana el sillonero con el último mate en los pellones y salía, ganándole a los peones, puro brillo de plata en el apero.
Y cuando el sol caía en el potrero, entre mulas, arneses y jergones, regresaba cortando callejones con todo el horizonte en el sombrero.
Hoy que habito en un ser deshabitado y al que miro vaciado como un higo, borro los pasos por donde has andado.
Y te salgo a buscar, padre y amigo, pues sé que estás aquí y te haz quedado para irte sólo si te vas conmigo.
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