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A los mis tantos años de procurar vivir, os juró que me duelen ya los huesos cuando intentó bailar un pasodoble o me meto en la locura del twist.

Entonces, me agobian los recuerdos de la cosas que pude haber yo hecho, y que por hallar miles de excusas quedaron por siempre aletargadas en el paraíso de los muertos.
Por ejemplo: siempre quise ser orador, un sofista euclidiano que pueda convencer de la cuadratura de la tierra amén de declarar que es muy bello.
En este recapitular ligero de mi vida recuerdo con pesar a la gentil muchacha que a no ser mi timidez de siempre, pudo haber sido, mi primera estrella.
Todos esos rezagos de mi entorno toman de nuevo vigencia en mis motivos al intentar acomodar en mi viejo baúl de antologías a mis cincuenta y tantos años de recuerdos.
Pero no todo tiene que ser negrura en mis recuentos mi corazón trabaja, si se quiere jornada extraordinaria; mi corazón suspira, conspira a la cordura de los años en convencer a las mujeres, a punta de escribir osados versos que a los cincuenta y tantos años, el amor es posible...
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